martes, 19 de agosto de 2014

PRAHA: CIUDAD SOÑADA

(Dicen que la ciudad soñada no existe. Pero creo que Praga está más allá de mis sueños...)




El día amaneció algo gris, nublado. Para mí estaba excelente, llevamos muchos días de sol y esto era un regalo del cielo. A pesar de esas condiciones, no se sintió como un mal día, al contrario, todo lo que estaba alrededor era perfecto.

La visita a la ciudad empezó con el Castillo de Praga y la Catedral de San Vito de estilo gótico. El Castillo se encuentra en la parte más alta de la ciudad y desde ahí se puede observar una hermosa panorámica hacia la zona antigua. Caminamos por la calle Nerudeva, bajando hacia la zona de Mala Strana. Llegamos a la Iglesia de San Nicolás, de estilo barroco, seguimos por el puente Carlos, el más viejo de Praga que cruza el río Moldava, flanqueado por estatuas y llegando al final nos recibe la torre de la ciudad vieja. La caminata continua, subidas y bajadas hasta llegar a la plaza y... ¡Carambas, qué plaza! Nuestra guía fue tan sutil que primero nos dirigió por el camino más largo, bordeando una plazuela con hermosos árboles antes de llegar a la principal y justo terminando los árboles, se pudo ver la plaza.

Catedral de San Vito
Panorámica de Praga
Mala Strana
Puente Carlos
Estatua en el puente Carlos
Torre de Ciudad Vieja

Esta plaza tiene un monumento en el centro, si no me equivoco es el Monumento a Juan Hus. La Iglesia de Tyn se encuentra de fondo sencillamente espectacular, luego volteo y miro la Torre del Ayuntamiento justo frente a la iglesia, como si se saludaran. Al lado de la torre, el Reloj Astronómico, que no solo indica las horas del día y los meses del año, sino también los signos zodiacales, la posición del sol y de la luna, ¡Que locura de reloj medieval! Obviamente, nuestra guía tenía sus intenciones planeadas, llegamos unos minutos antes del mediodía, esperamos... y el reloj dio las doce. Los doce apóstoles se presentaron a saludar a toda la gente que los esperábamos, uno en cada una de las dos ventanas que tiene el reloj. El sonido de las campanas se escucharó exactamente después del último apóstol. Un espectáculo difícil de perderse.

La plaza es el punto de encuentro de foráneos y lugareños, cada uno con similar intención: relajarse un buen rato escuchando buena música en vivo, bailando, cantando, riendo. La verdad, un lugar lleno de magia que podía trasladarte, si lo deseas, a cualquier tiempo y espacio. Vimos a un grupo de hombres bailando, vestidos con pantalones largos y flojos, con zapatos de punta, tocando instrumentos de viento, guitarra y percusión. La música es tremendamente contagiosa, con buen ritmo y los instrumentos combinan con bastante armonía que le cuerpo se mueve al son de la música. Hacia el otro lado, nos encontramos con un abuelito, único, que junto a su saxofón, nos deleita las mejores canciones con un ángel y un sentimiento divino. La mejor de todas, la que tengo grabada en la mente es "Volaré", repite y repite siempre en mis sueños.

Torre del Ayuntamiento
Danzantes en la plaza ciudad vieja

Nos tomamos un descanso para poder almorzar. Mi objetivo ya lo había visto. Justo antes de llegar a la plaza, mis ojos no pudieron dejar de mirar un delicioso platillo. Una brasa de lechón a la leña. Tenía un color y un olor irresistible. Afortunamente a esa hora, coincidí con mi maravillosa e inseparable "compañera de ruta", la mejor. No dudé en comentarle mis intenciones gastronómicas y obviamente me secundó. Pedimos una porción para las dos, más dos birras. Fuimos a la plazuela y nos sentamos en una banca, listas para almorzar. El lechón, fabuloso. Las birras, riquísimas. Nuestro ritual del almuerzo, casi siempre el mismo: sentarnos al aire libre, charlar de la vida, brindar y muchas risas. Lo especial de todo es disfrutar de la buena compañía y mejor aún con un delicioso banquete. Luego de la sobremesa, que siempre resultaba extendiéndose más de lo necesario, llegamos a nuestro punto de encuentro para continuar con el recorrido de la ciudad, cada una en el grupo que nos correspondía.

Cerveza Pilsner
El almuerzo

Esta vez nos dirigimos hacia el barrio judío Josejov, donde se encuentran las sinagogas. Visitamos una de ellas, la Sinagoga Española, impresionante en su interior, con una sensación misteriosa y de respeto. Luego, continuamos hacia el borde del río Moldava donde nos esperaba un barco para dar un paseo por el río. El paseo fue algo corto para mi gusto, pero agradable. Desembarcamos hacia el lado opuesto del río, en Mala Strana de nuevo, donde continuamos caminando cuesta arriba hacia los jardines del palacio de Wallestein. Me asombra mucho que una ciudad actúe de manera responsable ante la historia que presenta, que tenga ese sentimiento vivo de prevalecer su origen y de velar por ello. En este caso, los jardines están sumamente cuidados, con piletas y estatuas de bronce, un ambiente encantador con palomas y pavos reales se encuentran libremente. Al final de los jardines, se observa un muro que simula una cueva de piedra, con algunos rostros extraños si uno los mira fijamente.

Jardines del Palacio Wallestein
Muro similar a una cueva

Después, retornamos a la iglesia de San Nicolás, pero esta vez la visita sería en el interior. Las iglesias de Europa me han dejado más que impresionada, totalmente impactada, diría yo en estado de shock. Esta iglesia no está fuera de esa impresión. Increíblemente asombrosa, la calidad espacial te deja sin aliento. Los acabados y ornamentos, tan al detalle. Las alturas que maneja, son perfectas. Las pinturas, son casi reales. La luz que ingresa, es la necesaria y precisa. Realmente un lugar de culto. Y finalmente la caminata, nos deja en la Iglesia de Nuestra Señora de la Victoria, donde se encuentra el Niño Jesús de Praga y no pude evitar leer la oración que estaba a los pies del Niño.

Sinagoga Española
Cúpula Iglesia San Nicolás










Iglesia Nuestra Señora de la Victoria
Niño Jesús de Praga
Estatua en memoria a Kafka, Josejov

Al terminar todo el recorrido, mi ya inseparable "compañera de ruta" me esperaba afuera de la iglesia. Esta vez, empezaba el tour a nuestro modo, así que partimos. Hicimos una prueba, yo no miraba el plano y ella usaba su "intuición geográfica", así que esa tarde ella nos guiaba.

La moneda de República Checa es la corona checa. Nosotras habíamos cambiado anteriormente algunos euros, solo lo necesario para hacer algunas compras y comer. En el camino nos entretuvimos, como usualmente lo hacíamos, fotografiando y viendo algunas tiendas de sourvenir. Según nosotras, teníamos el suficiente dinero para un día en Praga. Pero al pagar algunos cuentos sourvenirs, ya no teníamos tanto. Fue muy gracioso esto de "estirar" el dinero.

Seguimos con esta gran "intuición geográfica" afinadísima, pasamos nuevamente por el puente Carlos, signo de que andábamos bien y seguimos hacia la ciudad vieja. Cuando de repente el cielo ya no pudo más. Las enormes gotas caían sin cesar. Sin paraguas, sin impermeables, sin gorros, ¡sin nada!... solo con nuestra ropa del día. Una experiencia increible. Entre risas, bromas y carreras avanzamos poco a poco hacia la plaza, empapadas, mientras veíamos a la gente disfrutar de la lluvia algunos con la ropa mojada, otros con paraguas, otros descalzos y otros simplemente jugando. La lluvia nos acompañó unos treinta minutos intensos. Alcanzamos a cambiar algo más de dinero para nuestra cena y todavía seguíamos con la lluvia. Lo disfrutamos tanto que no queríamos que termine, el ambiente estaba fresco y el sonido de las gotas cayendo sobre el suelo, era encantador. Llovía tanto que el rebose de los edificios desbordaban de agua como si fueran manantiales.

Para cuando la lluvia cesó, estábamos a unos pasos del reloj astronómico eligiendo el restaurante para poder cenar. Algo gracioso, ya que teníamos los centavos contados, íbamos de carta en carta viendo los precios de los platos, hasta que dijimos: ¡aquí!. Nos sentamos y pedimos una pizza margarita y dos birras. Como si fuera planeado, la mesa estaba entre los pasillos de los arcos que bordeaban la plaza y un calentador bajo la mesa, donde pusimos nuestros pies para secar nuestras zapatillas. La cena estaba calientita, las birras frescas y nosotras, abrigadas.

La charla, las risas, las bromas, la experiencia se expresan mientras cenábamos. Lamentablemente el reloj avanza y la hora del encuentro con nuestros guías se acercaba. No queríamos irnos, Praga nos sedujo en sólo horas, un encanto de ciudad difícil de comparar. La gente más que amable, relajada, sin estrés. El paisaje con el río, el castillo, los jardines, las calles angostas, todo como si fuera salido de un cuento. Terminamos de cenar, pagamos con las últimas coronas checas que teníamos y completamos con algunos euros más. Mientras caminábamos hacia el bus que nos retornaría al hotel, pasamos el puente Legií y el Castillo se veía en el fondo como una pintura, con el cielo azul y las luces de la ciudad haciendo claros y oscuros.

Tengo planeado regresar, ¿cuándo? no lo sé. Lo que sí tengo seguro es que en un solo día Praga se ganó mi impresión, me encantó tanto por la gente y su carácter, como la historia de la ciudad y de los edificios, del arte que se encuentra en cada rincón, la alegría que trasmite y sobre todo por la compañía que tuve tanto de mis guías, mis compañeros de viaje y por sobre todo de mi "compañera de ruta", la intuitiva y la que simplemente "fluye".

Praga bajo la lluvia
Hasta el último centavo

















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