jueves, 15 de enero de 2015

CENTRO POMPIDOU

A una semana de mi llegada a Europa, estaba totalmente fascinada con lo que había visto hasta el momento. Mi primer viaje por este continente y era de esperarse que tenía muchas expectativas para esta gran aventura.

Estábamos en París, teníamos el itinerario ajustado con visitas a la ciudad y los lugares importantes: a Versalles, al Museo de Louvre, a Montmartre, a la Torre Eiffel, a Notre Dame, a Tocradero, al Arco del Triunfo y otras visitas a la ciudad por la noche.

Entre todo el itinerario, teníamos algunas horas libres para poder hacer otras cosas de nuestro interés. Había revisado algunas otras obras arquitectónicas importantes de la ciudad y no podía perdonarme el hecho de no visitar aunque sea una de ellas.

Ese día, recuerdo que desperté muy temprano y decidí salir a caminar para tomar algunas fotografías de la zona donde nos encontrábamos, que era Malakoff, luego regresé al hotel para tomar el desayuno y luego partir a nuestras visitas del día. Empezamos con Notre Dame, luego un paseo por el Sena y terminamos con Louvre.  

Cuando terminamos en Louvre, eran pasadas las cinco de la tarde. Bastante cansada de la caminata, pero igual con la firme decisión de aprovechar mi corta estadía en París, así que solo tomé un corto receso y luego a continuar con el tour por mi propia cuenta. Ya tenía el recorrido, visitar el Centro Pompidou, tan cerca de Louvre que solo tuve que caminar algunas cuadras y listo, me encontraría con esta obra arquitectónica, que desde el primer día en París, estaba muy inquieta por conocerla.

Así que después del breve descanso, partí con dirección al Centro Pompidou, lo único que tenía que hacer era doblar hacia la derecha y luego seguir recto y me encontraría con Pompidou. Mientras caminaba, para ese momento ya había olvidado lo cansada que estaba, me sentía tan tranquila y como si conociera el lugar. Miraba a las personas haciendo sus actividades, la circulación de los autos, de las bicicletas y mientras lo hacia, me sentía parte de ello.

Pasé por una obra que estaban construyendo, el Centro Comercial La Canopée, por pequeñas plazas y por boulevares. Conforme avanzaba, la calle comenzaba a "abrirse", crucé una plaza y luego a la izquierda, se encontraba el famoso Centro Pompidou. 

Lo primero que hice fue pararme y quedarme quieta, y luego mirar hacia mi alrededor. El Centro Pompidou se encontraba contigua a una "gran plaza" en pendiente, un espacio público previo que permitía que cualquier persona que llegase por ese camino, observara toda la edificación completa. Un edificio de siete pisos, inaugurado en el año 1977, totalmente diseñada con estructuras e instalaciones expuestas tipo industrial por los arquitectos Renzo Piano y Richard Rogers. Caminé hacia la plaza en pendiente, me senté mirando hacia Pompidou y me quedé un buen rato contemplándola, mirándola de "pies a cabeza". Aún no estaba preparada para ingresar, el cielo estaba nublado, algunas gotas habían caido unos minutos antes. Y aprovechando que el día oscurece tarde, seguí disfrutando de la tarde observando a Pompidou. 





Después de eso, decidí caminar alrededor de Pompidou por sus cuatro frentes, observar toda la estructura y poder entender el edificio, mirar los detalles de cada encuentro, sus cerramientos y sobretodo observar la interacción de las personas con el edificio, del entorno con el edificio. Teniendo en cuenta que es una obra que resalta desde que uno la observa a lo lejos. Se identifica rápidamente.





Era momento de ingresar, pensé que uno tenía que pagar antes de ingresar pero pasé el control sin problemas, luego me encontraba en el lobby y si uno quiere hacer uso de las instalaciones, recién tiene que realizar un pago de 13 euros.

En el interior de Pompidou, funciona el Museo de Arte Moderno, una biblioteca, una librería, salas de exposiciones y un restaurante en el último nivel. Coincidentemente, en una de las salas, había una exposición sobre el arquitecto Bernard Tshumi, así que decidí ingresar y ver parte de su obra. 

Luego era oportunidad de realizar el recorrido por los diferentes desniveles. Me dirigí hacia la escalera mecánica, digamos que es una de las protagonistas de la obra de Piano & Rogers, tubular y transparente, permite mirar la ciudad mientras uno está trasladándose hacia otro nivel, una sensación bastante peculiar. En cada nivel funciona una actividad distinta. Yo decidí, llegar hasta el último nivel para observar la ciudad y el horizonte.





Estando en el nivel más alto del edificio, a pesar de que me da vértigo, no pude dejar de sorprenderme por lo que estaba observando. Una París desde las alturas. Con el perfil urbano, destacándose la Torre Eiffel, toda una reina de la ciudad y hacia el fondo, una sombra de la zona de La Defénse. Todo ello, iluminado con los rayos del sol de un cielo que estaba empezando a despejarse.


Estuve varios minutos en el último nivel de Pompidou, me estaba costando el simple hecho de pensar en bajar. Pero ni modo, tenía que descender y continuar con el recorrido. 

Al llegar al primer nivel, no pude resistir ingresar a la librería. Es una adicción que tengo sobre revisar libros y revistas. Me encontré con ejemplares sobre arquitectura, diseño y fotografía. Me entretuve tanto que cuando miré mi reloj, eran casi las nueve de la noche.

Era tiempo de regresar, por lo tanto tenía que dirigirme hacia el metro Les Halles, uno de los más grandes de París. Mi intención era ir hacia la Cité Internacionale Universitaire de Paris antes de retornar al hotel en Malakoff. Salí de Pompidou, fui hacia el metro que se encontraba por el mismo camino por donde vine, justo en la construcción del Centro Comercial La Canopée. Felizmente, me encontré con personas que me indicaron cómo llegar a la universidad. Abordé el tren y baje en el punto indicado. Cuando llegué a la universidad ya estaba oscuro, más de las 10 de la noche, igual con el cansancio encima, caminé por la ciudad universitaria.

Pensaba que para llegar al hotel solo me faltaban unos 30 o 45 minutos máximo caminando, pero me equivoqué. Caminé más de una hora y media para llegar al hotel. Prácticamente caminaba por inercia, pero sabía que en algún momento aparecería la silueta del hotel.

Hasta que por fin, con el cuerpo totalmente agotado, llegué al hotel. Era media noche, subí por el ascensor, entré a mi habitación y luego me quedé profundamente dormida.

Todo ese recorrido valió la pena, hasta ahora no existe ningún segundo en el cual pudiera si quiera pensar en haber hecho la ruta diferente. Siento que cada minuto que dediqué a cada espacio fue lo justo y necesario. Y aún no entiendo cómo pude caminar tanto, sin embargo lo volvería hacer.

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